minientrada El experimento más largo de la historia empezó en 1879 y no acabará hasta 2100

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La botella número quince, desenterrada en el año 2000 (Fuente:Kurt Stepnitz | Michigan State University)

Otoño de 1879. El botánico William James busca respuesta a una pregunta que ha quitado el sueño a los agricultores durante generaciones: ¿cuántas veces se tienen que arrancar las malas hierbas para que no vuelvan a salir? ¿Cuándo dejan de brotar definitivamente? Averiguarlo no iba a ser una misión sencilla. Tanto se iba a demorar que, a día de hoy, aún faltan décadas para que el experimento que inició a finales del siglo XIX pueda darse por zanjado.

Tras 137 años, la de James es la investigación científica más larga que sigue bajo supervisión periódica. Según sus previsiones actuales, los sucesores del bueno de William seguirán pasándose el relevo hasta 2100, aunque la conclusión, para bien o para mal, podría llegar antes en función de los progresos que hagan.

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Un señor del siglo XIX, sí, pero no uno cualquiera: el padre del experimento interminable (Fuente: Internet Archive | Flickr)

Todo dependerá de lo que ocurra con un montón de semillas: las que enterró James en algún lugar de la Universidad del Estado de Michigan cuando los varones aún llevaban chaleco y pajarita.

Cogió veinte botellas de cristal y metió, en cada una, cincuenta ejemplares de veintitrés tipos de planta diferentes. Después las rellenó de arena húmeda y las enterró boca abajo, de tal forma que el agua necesaria para germinar no pudiera acumularse alrededor de las semillas.

¿El objetivo? Ir destapándolas poco a poco, a lo largo de décadas, para ver si después de tanto tiempo aún eran capaces de crecer. ¿El plan? Sacar una botella cada cinco años y sentarse a contemplar el espectáculo.

A James le dio tiempo a sacar seis botellas antes de pasar a mejor vida, pero los que vinieron detrás tuvieron que retocar las reglas. Siempre brotaban las mismas semillas, así que decidieron ampliar el tiempo entre cada excavación primero a diez y luego a veinte años. La más reciente la llevó a cabo Frank Telewski, actual responsable del experimento, en la primavera del año 2000.

Lo hizo de noche, procurando no llamar la atención porque el lugar donde se esconden las semillas debe seguir siendo un secreto. “No hacemos público dónde están porque no queremos gente hurgando y desenterrando suvenires”, explicaba. “Siempre me pongo nervioso cuando hay obras en el campus. Ya sabes: ‘¡No pongáis un edificio ahí!’ ‘¿Por qué no?’ ‘No puedo decírtelo, ¡simplemente no lo hagas!’”.

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El jardín botánico de la universidad. Las semillas ocultas no deben andar muy lejos (Fuente: Wikimedia Commons)

En lo que respecta a los resultados, con quince botellas ya extraídas del total de veinte, la planta con más capacidad para despertar de su letargo ha demostrado ser el gordolobo polillero. De las 50 semillas de esta hierba que liberó Telewski a principios de siglo, prosperaron 23. Solo brotó un ejemplar más, de malva enana. Las demás siguen durmiendo el sueño eterno.

¿Sucederá lo mismo en 2020 cuando se produzca la siguiente excavación? Paciencia. Es la clave de este largo, larguísimo experimento.

elguasap.com
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