Recetas para un espía

El espionaje farmacéutico ha dejado de robar patentes y se ha centrado en algo que da mucho más dinero que los medicamentos: tú

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Las farmacéuticas utilizan las mismas tecnologías que algunos gobiernos para descubrir información privilegiada.


Desde 2010 ya está obsoleto. Nadie acude a su despacho para solicitar sus servicios. Pocos años atrás, Bayer, Glaxo Wellcome, Merck y Pfizer, gigantes de la industria farmacéutica, contrataban los servicios de su agencia de detectives, Carratu, para proteger sus activos más importantes: las patentes. Por garantizar esto ganaba cerca de un millón de euros al año. Pero desde hace un tiempo, Paul Carratu, director de la agencia, espera que la puerta se vuelva a abrir y que los laboratorios requieran, otra vez, sus servicios. No sucederá. Aquellos buenos viejos tiempos del espía no regresarán.

No volverán las épocas en las cuales Carratu era contratado para espiar, por ejemplo a Chemo Ibérica, un laboratorio español que fue demandado numerosas veces por supuesta violación de patentes: su basura fue revuelta, sus faxes interceptados y sus teléfonos intervenidos.

85 % de las recetas extendidas por médicos en todo el mundo es lo que tiene en su archivo IMS Health.

Tampoco se repetirán los casos de “estudiantes de química” que en visitas a laboratorios sumergen sus corbatas en soluciones para luego recrear los compuestos en los laboratorios que los contrataron, una práctica de lo más extravagante, pero bastante frecuente. Tanto, que en su página web el FBI afirma que actualmente existen más de 900 investigaciones relacionadas con el espionaje industrial, un negocio que les cuesta, solo a las empresas estadounidenses, unos 220.000 millones de euros al año.

Rata de laboratorio, ratón de ordenador

Hasta hace poco, las técnicas para obtener información consistían en filtraciones de empleados insatisfechos, rastreos en la basura o directamente plagiar el medicamento sirviéndose de lagunas legales en ciertos países.
Pero cada vez son menos los que se “pasan de bando”, como los recientemente condenados Peter Humphrey y su esposa Yu Yingzeng por espiar para los laboratorios GlaxoSmithKline (GSK). Humphrey, dueño de una consultora, se dedicó durante tres años a comprar u obtener ilegalmente registros de llamadas, números de tarjetas de crédito y actas de viaje, entre otros documentos. El objetivo era saber quién había destapado un escándalo de corrupción en el que varias farmacéuticas fueron acusadas de sobornar a hospitales y médicos para que se vendieran sus productos.

El Colegio Oficial de Farmacéuticos ha denunciado una trama para vender información de pacientes

El caso es emblemático por dos motivos. El primero de ellos es que, pese a las constantes denuncias (según el Financial Times, el 80% de las empresas son espiadas), rara vez se encuentra al culpable. El trabajo de campo ha desaparecido y se ha trasladado al terreno informático. A finales de 2014, la firma de seguridad informática Symantec denunció una red de ciberespionaje que afectó a 29 empresas de la industria química. El origen de todo, señala Symantec, estaba en China. Mediante un virus camuflado en un correo electrónico como una invitación a un evento, se infectaban los ordenadores para hacerse con “documentos confidenciales, como patentes, fórmulas y procesos de manufactura”, según se asegura en el informe.

Desde luego, no es el único ataque registrado. Kaspersky Lab, otra firma especializada en seguridad en la red, ha identificado otro acto de ciberdelincuencia que afecta a España. Se trata de Epic Turla, un virus que se introdujo en unas 500 direcciones IP de 45 países, entre ellas empresas farmacéuticas españolas. Aparentemente, de acuerdo con las investigaciones de Symantec, detrás de este virus no se encontraría un individuo u organización, sino un estado.

En ‘duplicity’, con Julia Roberts y Clive Owen, se retrata a dos ex espías (ella de la CIA y él del MI6) que se pasan al espionaje industrial para obtener la fórmula de un medicamento que los hará millonarios.

La facilidad para conectarse a la red y liberar los secretos de empresas de forma anónima es lo que ha llevado a los antiguos espías a la cola del desempleo.

La segunda razón por la cual resulta emblemático el caso de GSK es que la compañía no estaba espiando a otro laboratorio, sino que fue acusada, junto a otras, de sobornar a hospitales y médicos para que se usaran sus productos. Y es que ya no solo se espían entre ellas, sino que también nos espían a nosotros. ¿Con que objetivo? Sencillo: para conocer nuestras costumbres médicas y así poder influir en el sistema sanitario. Así lo informa una denuncia del Colegio Oficial de Farmacéuticos en la que se asegura que una empresa de marketing, Close Up, “en colaboración con Microdata Servicios, visitan las farmacias y escanean recetas para saber qué aconsejan los médicos de cada municipio. Esta información se vende a laboratorios para que estos envíen sus representantes y así vender más”.

Suena un poco orwelliano, pero hay más. Hace menos de un año, las críticas llovieron sobre Facebook por haber utilizado a sus usuarios para un experimento social. También saltó a la palestra la denuncia contra la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA, en sus siglas en inglés) por espiar a diferentes gobiernos, organizaciones y hasta individuos.

Pues bien, la industria farmacéutica hace lo mismo. Y no lo oculta. Ahora que están tan de moda las vacunas, imagina la siguiente escena: vas al centro de salud con tu retoño y, al plantear tus dudas, el pediatra te detiene y rebate con estudios científicos todas ellas. Aun las que no llegaste a formular. ¿Acaso la Seguridad Social tiene la adivinación como parte del vademécum? En absoluto. Los laboratorios GSK han utilizado un programa de reconocimiento de textos para introducirse en dos páginas web (BabyCenter.com y WhattoExpect.com) especializadas en el cuidado infantil y detectar cuáles son las mayores dudas de los padres. El programa, llamado Luminoso, identificó que uno de los términos más repetidos junto a “vacuna” era “autismo”. De acuerdo con Dominic Hein, directora ejecutiva de la unidad de nuevas vacunas de GSK, el proyecto de dos meses solo recogió comentarios, sin ponerle ningún nombre al autor. “En los foros de discusión es donde la verdadera conversación ocurre”, señalaba Hein, “y al escucharles teníamos un conocimiento más directo de sus necesidades que si se realizara una encuesta formal”. El problema es que ni los administradores de ambas páginas ni sus usuarios tenían conocimiento de esto. Un caso más profundo de espionaje es el que incluyó la filtración de documentos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en particular de su Grupo de Expertos en políticas de financiación a la Federación Internacional de Fabricantes y Asociaciones Farmacéuticas (IFPMA, por sus siglas en inglés).

24 meses de prisión: la última condena por espionaje farmacéutico a dos estadounidenses

Los documentos incluían no solo opciones de financiación, sino también la opinión de IFPMA sobre estos. Según James Love, director de Knowledge Ecology International (un grupo que promueve la transparencia en lo que a patentes y  financiación se refiere): “La filtración de estos documentos confirma mucho de lo que nos temíamos: existe una estrategia de la OMS para proteger el actual statu quo, en particular el relacionado con las patentes intelectuales”. Desde la OMS, Precious Matsoso, entonces director del grupo de Innovación Pública y Propiedad Intelectual, aseguró que: “IFPMA no debía tener esos documentos. Estaban destinados únicamente a personal de la OMS”. Pero la información es poder. Y dinero.

Si no pagas por el servicio, es que eres el producto

Así es como la empresa IMS Health ha logrado ganar, en un año, 2.500 millones de euros. Esta compañía se dedica, básicamente, a vender información al sector farmacéutico.
En sus archivos guardan, según ellos mismos afirman, unos 10 petabytes de datos, una cantidad equivalente a 70.000 millones de fotos subidas a Facebook. Anualmente procesan 45.000 millones de transacciones médicas (recetas, diagnósticos, estudios, etc.), lo que incluye el 85% de las prescripciones médicas del planeta. También guardan registros anónimos de unos 400 millones de pacientes de 780.000 centros médicos en todo el mundo.
Toda esta información sobre nuestra salud individual y del sistema sanitario español (por mencionar un país) les permite a las compañías farmacéuticas conocer las tendencias de medicamentos que se prescriben en más de 70 países y los datos de quién rellena la receta. Por si fuera poco, también venden la información de qué producto genera la mayor ganancia tras la visita de un representante, si este sugiere las medicinas adecuadas y hasta cuánto debe ganar.

Todos estos datos, obtenidos sin nuestro consentimiento, sirven para que un laboratorio acuda a determinado centro de salud en el cual sabe que se receta mucho un compuesto que puede ofrecer a un precio más competitivo, o al menos en igualdad de condiciones.
Atrás quedaron los tiempos de espiar las patentes, ahora los objetivos somos nosotros.

Los descubridores del método para sintetizar paclitaxel, Monroe Wall (izda.) y Mansukh Wani, ante otro de sus hallazgos: la camptotecina, obtenida de la corteza y las hojas de Camptotheca acuminata.

El caso del tejo negro

De haber tenido éxito, habría sido un golpe de 1.700 millones de euros. Por un lado se encuentran los doctores Walls y Wani, cientificos de los laboratorios Bristol-Myers Squibb (BMS) que descubren un método para extraer el paclitaxel, principio activo del Taxol. Esta molécula del tejo negro (Taxus baccata) se usa como medicamento contra el cáncer de ovarios. El proceso para obtener Taxol naturalmente es muy caro, ya que se precisa un árbol y medio para conseguir unos pocos gramos; producirlo artificialmente sería una mina de oro. Por eso, BSM invirtió 12 millones de euros hasta conseguirlo.

Por otro lado, dos empleados de una papelera taiwanesa que intentaron robar el método creado por Walls y Wani. De haberlo conseguido, BSM habría perdido 170 millones de euros al año durante los diez que dura la patente. Los cacos se habrían hecho con medio millón.

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