Cuando los vikingos atacaron a los árabes

Yelmo previkingo de hierro con una elaborada decoración, procedente de la tumba de un jefe en Valsgärde, Suecia.
Yelmo previkingo de hierro con una elaborada decoración, procedente de la tumba de un jefe en Valsgärde, Suecia.

Fue en el año 844, cuando los sevillanos vieron aterrados cómo se atisbaban, remontando el río Guadalquivir, las negras velas de los barcos de los piratas normandos. El estupor, el miedo y la confusión crecieron aún más cuando corrió la noticia de que el gobernador de la ciudad y gran parte de los altos personajes encargados de regir la vida de la misma habían huido a Carmona al conocer la noticia.

Desconcertados y con escasa organización, los habitantes de Sevilla intentaron una tímida defensa, pero de nada sirvió ante el imparable empuje guerrero de los vikingos.

El saqueo de la ciudad duró siete días, durante los cuales, los piratas mataron, robaron, violaron y destruyeron a placer, sin que nada ni nadie se les opusiera.

Fue tal el impacto de la tragedia, que las crónicas históricas posteriores, como la de Ibn Hayyan o al-Razi, recogen, con palabras sobrecogedoras, la viva impresión que en toda la España musulmana produjo este hecho, cuyo eco perduraría en la memoria colectiva durante mucho tiempo.

Pero ¿quiénes eran estos hombres del Norte tan temidos en toda la costa atlántica, tanto en las ciudades cristianas como en las musulmanas? Estos piratas vikingos, o normados eran conocidos por los historiadores árabes como al-Urdumaniyyun, es decir, los normandos, aunque es mucho más frecuente encontrarlos citados como machus, es decir, “idólatras”, “los que adoran el fuego”.

En realidad, su presencia en el territorio peninsular es bastante anterior a su gran incursión del año 844 y existen noticias de ellos desde el siglo VIII. En un primer momento, como afirma C. Verlinden, fueron traficantes de esclavos, mercancía obtenida de sus ataques a los monasterios ingleses e irlandeses en el último tercio del siglo VIII. Estas razias se hicieron más frecuentes y temibles a mediados del siglo IX, en el que incorporaron, además de los esclavos, el pillaje de la plata y el oro. Como era habitual en la práctica corsaria, los prisioneros ricos eran susceptibles de ser liberados por una fuerte suma de dinero, mientras que los más desafortunados económicamente eran vendidos como esclavos, tanto en África como en Oriente e incluso, como afirma el historiador Ibn Hawqal, al ejército califal omeya de al-Ándalus.

Espías eslavos A esta actividad se une, en los tiempos de emirato omeya andalusí (siglos VIIIIX), la del espionaje, como recoge Jesús Riosalido. Sabemos, por ejemplo, de la existencia de un personaje llamado Muhammad al-Saqalabi (el Eslavo), que resultó ser un espía enviado por Carlomagno para ayudar a los elementos andalusíes que luchaban contra el centralismo de los emires omeyas. Fruto de sus gestiones fue la revuelta y sublevación de Sulayman Ibn al-’Arabi, gobernador de Zaragoza, contra ‘Abd al-Rahman II. Este es

Lavo, este hombre del Norte, llegó a convencer a Sulayman y a Ibn Tawr, regidor de Huesca, para levantarse contra Córdoba, a la vez que les pedía que acompañaran a Carlomagno hasta las puertas de Zaragoza, en la campaña del emperador franco contra las fuerzas andalusíes, campaña que, como se sabe, acabó en un desastre guerrero para los francos en el desfiladero de Roncesvalles.

Ni siquiera los príncipes de los reinos cristianos del norte de la Península se libraron de esta actividad de espionaje normanda: el rapto de García Íñiguez, rey de Pamplona e hijo de Íñigo Arista, fue planeado y ejecutado por los espías vikingos desde su base de Burdeos, en la Aquitania, acabando este suceso, como informa Menéndez Pidal, con un cuantioso rescate de setenta mil monedas de oro, en el año 859, tras un penoso cautiverio.

Y, por último, la tercera actividad por la que fueron conocidos y temidos los normandos en al-Ándalus y en toda la costa atlántica fue por la piratería. A comienzos del siglo IX, los corsarios vikingos ya habían atacado la mayor parte de las poblaciones costeras europeas, penetrando por el Loira y el Garona y llegando incluso a Gijón y La Coruña en 842.

Tras los ataques citados, al año siguiente, el 23 de junio, estos piratas desde el estuario del río Loira, se las apañaron para arribar hasta Tolosa remontando el río Garona. Algunas de las flotillas normandas decidieron actuar y ampliar su actividad un poco más al sur, volviendo a repetirse ataques a las ciudades hispanas costeras cristianas de la región de Galicia, tal y como había ocurrido anteriormente.

En estas razias, los vikingos llegaron a atacar unas diecisiete ciudades, algunas de la importancia de Betanzos.

Restablecida la defensa de sus costas, por parte de los reinos cristianos, los piratas decidieron seguir bajando por la costa atlántica hasta las ciudades de Lisboa y Cádiz. En agosto del año 844, se produjo el importante ataque a la primera de ellas, en aquellos tiempos perteneciente al territorio andalusí del emirato omeya. El miércoles 20 de agosto de 844, más de una cincuentena de barcos piratas, apoyados por un número similar de otras embarcaciones más pequeñas, hicieron su aparición en el estuario del río Tajo. Los normandos desembarcaron y atacaron la ciudad, cuyos habitantes musulmanes ofrecieron una inesperada resistencia y lograron rechazar el ataque de los hombres del Norte, tras una serie de sangrientas refriegas que duraron trece días.

A finales de agosto, los atacantes optaron por dejar Lisboa y buscar ciudades costeras de más fácil acceso, por lo que volvieron a reembarcar y se hicieron a la mar en dirección sur, hacia la costa gaditana.

Mientras tanto, el gobernador de Lisboa, Whab Allah ibn Hazm, mandó aviso y noticias del ataque al emir ‘Abd al-Rahman II que, alertado, envió instrucciones a los diversos gobernadores, a los distintos walíes de las provincias marítimas y costeras, en particular de la zona atlántica, a fin de que estuvieran sobre aviso.

Los piratas normandos, despechados y derrotados, buscaron un nuevo río que remontar, llegando así al litoral de la provincia de Sidona (Medina Sidonia), donde hicieron una penetración bastante profunda hacia el interior y ocuparon el puerto de Cádiz.

No obstante, la mayoría de la flota pirata optó por llegar a la desembocadura del Guadalquivir y remontar el río, en dirección a la importante ciudad de Sevilla, donde el movimiento de las mareas es todavía perceptible. Como se puede apreciar sobre cualquier mapa, entre la ciudad y el mar, el Guadalquivir cruza una región pantanosa donde el curso del río se divide, durante unos quince kilómetros, en dos brazos que, antes de volver a confluir, llegan a formar una isla, llamada antiguamente Captel (Cabtil) y conocida hoy como Isla Menor. Desde este punto los piratas iniciaron su ataque a la ciudad de Sevilla.

El ataque normando a Sevilla Esa isla fluvial, donde los vikingos hicieron su primera parada, era famosa y conocida en época musulmana por sus frescos y frondosos pastos, que permitieron una espléndida actividad de cría de caballos, siendo un lugar privilegiado para la instalación de yeguadas.

A Captel, a la actual Isla Menor, llegaron los normandos el 29 de septiembre del año 844 (12 de muharram de 230) con unos ochenta barcos. A la mañana siguiente, cuatro naves hicieron un pequeño reconocimiento unas cuatro millas más arriba, remontando el Guadalquivir, hasta llegar al pueblo de Coria del Río, donde desembarcaron y los machus saquearon esta pequeña aldea y asesinaron a toda la población.

Tres días más tarde, los normandos, animados por la facilidad de sus desembarcos en Captel y Coria del Río, decidieron no esperar más y dirigirse directamente a Sevilla. Para cuando los habitantes de la ciudad avistaron los barcos, el gobernador de la misma ya había huido a Carmona, lo que impidió una defensa más o menos organizada, como había ocurrido en Lisboa, que hubiera podido contener la furia y el ímpetu normando. A ello hay que añadir que, por aquellos tiempos, la ciudad de Sevilla no tenía ningún perímetro de defensa, ninguna muralla de protección. No obstante, aunque faltos de organización, algunos barcos sevillanos salieron al paso de la flota vikinga, aunque con escaso éxito, pues fueron recibidos con flechas e incendiados.

Siete días de matanza Prácticamente sin oposición, los piratas desembarcaron

en la ciudad, que en aquellos momentos estaba siendo evacuada a toda prisa por la mayoría de la población, aunque, según las crónicas, muchos de sus habitantes no pudieron o no quisieron abandonar sus casas ni la ciudad.

Durante siete terroríficos días, los normados incendiaron las casas y mataron y asesinaron a casi todos los que se habían quedado, incluidos los ancianos y los inválidos, a la vez que hacían cautivos a las mujeres y a sus hijos.

Pasados estos trágicos siete días, los piratas se dirigieron nuevamente a Captel, en donde depositaron su preciado botín y volvieron de nuevo a Sevilla, con intención de ultimar el saqueo y el pillaje.

Pero en esta ocasión, los vikingos encontraron una ciudad totalmente desierta, pues todos los habitantes que no habían sido asesinados o hechos presos habían huido; solamente encontraron a un grupo de venerables ancianos, recluidos en una mezquita, a los que mataron uno a uno, tomando esta mezquita desde entonces el nombre de Masyid al-Shuhada’ (Mezquita de los Mártires).

En vista de la nueva situación y envalentonados por la fácil victoria de la toma de Sevilla, los machus decidieron aprovechar las reatas de caballos y yeguas existentes en Captel y marchar en tropel de jinetes hacia el norte y el oeste de Sevilla, pues pronto se dieron cuenta, que era prácticamente imposible poder seguir remontando el río Guadalquivir hasta Córdoba como, al parecer, era su primera intención.

Las noticias que pronto llegaron a Córdoba y los relatos de los escasos supervivientes impresionaron vivamente a toda la población andalusí, que no dudó en ponerse a disposición del emir Abd al-Rahman

II. El emir dio una orden general de movilización a todos sus ejércitos e incluso solicitó ayuda, o, al menos una tregua, a sus enemigos, como el gobernador aragonés Musa b. Qasi, que acudió con sus tropas a frenar el avance normando.

Un eunuco lidera la resistencia Su primera reacción fue enviar de inmediato un cuerpo ligero de caballería a las órdenes de sus mejores generales, tales como Abd Allah b. Kulayb, Abd al-Wahid al-Iskandari y Muhammad b. Rustum, y ordenar al eunuco Nasr, que gozaba de su total confianza, organizar las fuerzas que, de todas partes de al-Ándalus, llegaban a Córdoba.

Este primer ejército emiral tomó posiciones a primeros de noviembre en las alturas del Aljarafe (al-Sharaf), un excelente punto estratégico, pues dominaba el sudoeste de la ciudad hispalense; pronto se le unió una columna de infantería y, el 11 de noviembre del año 844 (25 de safar de

230) , decidieron dar batalla a los piratas.

La confrontación entre el ejército del emir Abd al-Rahman II y las huestes vikingas se produjo en el lugar de Tablada, un poco al sur de Sevilla, una amplia y extensa llanura, actualmente transformada en un aeródromo, que se proyecta hacia el este de la confluencia entre los ríos Guadiaro y Guadalquivir. Los machus decidieron una estrategia de confrontación total y bajaron en masa de sus bajeles para enfrentarse al ejército andalusí, pero, rápidamente, las disciplinadas tropas omeyas tomaron la iniciativa y el control de la batalla, reduciendo a los vikingos, matando a lo largo de la misma a más de mil enemigos y ejecutando a otros cuatrocientos prisioneros a la vista de los piratas que huían a toda prisa a sus barcos en dirección sur; casi la mitad de la flota normada fue incendiada y Sevilla volvió a ser

Ocupada por las fuerzas del emirato cordobés.

Cuentan las crónicas que, en las carnicerías de los zocos de la ciudad, fueron expuestos los sangrientos despojos de los piratas como trofeos, en señal de victoria, y que de las ramas de las palmeras de Tablada fueron colgadas muchas cabezas de los temidos normandos. Así pues, cuarenta y dos días después de la aparición normanda en Sevilla, la derrota de los hombres del Norte fue proclamada por todo al-Ándalus, siendo comunicada por Abd al-Rahman II incluso a los emires beréberes de Marruecos y al emir jariyí de Tahart, Aflah b. Rustum.

Fracaso en Niebla En cuanto a los supervivientes piratas que lograron huir, una parte de ellos se dirigió con sus bajeles hacia el Atlántico, intentando desembarcar de nuevo en las costas de Niebla (Huelva), en el Algarve y en Lisboa, sin conseguirlo, aunque, al año siguiente, asolaron con éxito las ciudades francesas de Burdeos y Saintonge y alguna nave aislada, que había optado por dirigirse más al sur, había atacado la ciudad de Arcila, en Marruecos.

No obstante, un nutrido grupo de piratas, en su precipitada retirada, quedó aislado y sin embarcaciones en tierras sevillanas, dispersándose por el este y el sureste de Sevilla, por las tierras de Carmona y Morón, en donde el general Muhammad b. Rustum logró su rendición.

Cuenta la leyenda que estos normandos prisioneros se hicieron musulmanes y se instalaron en el valle del Bajo Guadalquivir, en donde se dedicaron a la cría de caballos y, en especial, a la industria lechera, labor en la que alcanzaron una rápida fama por la elaboración de sus reputados quesos, de los cuales nutrían tanto a Sevilla como a Córdoba.

Roger Collins indica que, después de este fatídico año de 844, los piratas normandos volvieron a invadir al-Ándalus al menos en cuatro ocasiones, durante los años 859, 966 y 971. En la primera de ellas, los piratas nuevamente atacaron Sevilla, consiguiendo incendiar la mezquita mayor de Ibn Addadas (la actual iglesia de San Salvador), aunque este ataque no tuvo parangón con el de 844; posteriormente, sabemos que atacaron varias localidades del Norte de África y del Levante.

Los reinos cristianos del norte de la Península tampoco se libraron de las andanzas de los piratas normandos que, aprovechando la debilidad ocasionada por las muertes sucesivas de Sancho el Craso de León, el Conde Mirón de Barcelona, García Sánchez I de Navarra y Fernán González de Castilla, lograron penetrar por las costas gallegas, en donde llegan a destruir Tuy, y por las cuencas de los ríos Miño y Duero.

Consecuencias de la invasión La invasión normanda al-Ándalus fue un hecho histórico no exento de consecuencias posteriores. En primer lugar, elevó a mitos populares a los generales Ibn Rustum y Nasr que, a partir de este momento, fueron considerados como salvadores de la patria, logrando alcanzar una gran influencia en las decisiones del soberano omeya hasta el final de su reinado. En segundo lugar, se hizo realidad la vieja reivindicación de la población de Sevilla de rodear la ciudad con una muralla defensiva que impidiera nuevos ataques de piratas y berberiscos, muralla que llegó a extenderse incluso a lo largo de la orilla del río. En tercer lugar, convenció a los emires omeyas de la necesidad de construir, a lo largo de toda la costa atlántica, mediterránea y levantina, puestos de centinela, pequeñas fortalezas o ribat, defendidos por voluntarios musulmanes que se ofrecían por turnos para ejercer la vigilancia desde estas torres en una mezcla de afán de retiro espiritual y adiestramiento militar.

Flota omeya En cuarto lugar, el gobierno omeya inició una ardua labor de construcción de una gran flota guerrera y de naves de otro tipo, es decir, comenzó a interesarse por las cuestiones marítimas, hasta ahora un tanto marginadas de las prioridades políticas y estratégicas andalusíes; sabemos de la edificación y creación de astilleros y atarazanas y que el emir Muhammad I (852-

866) construyó una importante flota, sólo superada por la que el califa Abd al-Rahman III, en el año 956, construyó en Tortosa; sin duda, todas estas medidas surtieron su efecto para paliar y rechazar con éxito las posteriores razias de los vikingos de los años 859, 966 y 971.

En quinto lugar, como ha estudiado Mariano G. Campo, estas confrontaciones guerreras generaron una labor diplomática por parte del gobierno omeya hacia los reinos del Norte, como lo demuestra la embajada hispano-musulmana de al-Gazal a los vikingos, con el fin de estabilizar unas relaciones pacíficas y detener las razias piratas. Por último, sin duda, la consecuencia de mayor calado político fue que la derrota de los normandos supuso para Abd al-Rahman II y para la política centralista de los gobernadores omeyas en al-Ándalus, una importante victoria moral que allanó el camino para frenar los intentos de autonomía y de rebelión de los diversos gobernadores de las provincias, a la vez que el control gubernativo de Córdoba se imponía por toda la España musulmana.

 Juan Martos Quesada

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s