Espia para dos

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Amor, idealismo,  vil metal… los motivos que llevaron a algunos a una aventura de la que se sale con los pies por delante, preso o huido para siempre.

Bajó del tren en la estación de Fráncfort y se dirigió a la casa tapadera de los que, como él, trabajaban para el MVD, del KGB. Nikolai Khokhlov estudió a su objetivo George Okolovich, un doble agente que llevaba años traicionando a los rusos colaborando con la CIA. Veinticuatro horas después Khokhlov se dirigió a su casa, llamó a la puerta y cruzó sus ojos con los del traidor. “Me envían a matarle”, le dijo. Era 1954.

La cajetilla de tabaco que Khokhlov debía utilizar contra su objetivo –una cápsula de cianuro escondida en su interior haría pasar cualquier asesinato por muerte natural– nunca llegó a utilizarse. En cambio, sí contó a ese espía que trabajaba para los americanos, que se había hartado del juego de los soviéticos. Después de luchar contra los nazis, Khokhlov había comprendido que el expansionismo comunista para el que trabajaba no era mejor que los delirios de Hitler. Quería vivir, junto a su mujer y su hijo, una vida normal, occidental. En pocos días –y un par de interrogatorios después– tenía a sus pies a la CIA, que le prometió una vida segura para él y su familia si declaraba contra la URSS. Khokhlov cumplió su parte; no los americanos, que dejaron abandonados a su suerte a la mujer y al hijo del desertor. Ella murió en un gulag siberiano. El niño se crió en un orfanato. Los peligros de confiar en el bando contrario.

‘Operación Mari’Peligros en los que, por su patriotismo, no cayó Joaquín Madolell, un militar del Ejército del Aire y también instructor del aeródromo de Cuatro Vientos. Fue en 1963 cuando el italiano Giorgio Rinaldi, que trabajaba como agente doble para los rusos, se acercó al aeródromo para trabar amistad con un español capaz de dar información sobre España y Estados Unidos. Allí estaba Madolell: simpático y dispuesto a copear con el anticuario italiano siempre que este visitaba España. Así nació la amistad. Se rompió el día que, amparado en las presuntas copas de más que había bebido, Rinaldi le contó que trabajaba para los rusos y le ofreció grandes sumas de dinero por hacer lo mismo. Madolell siguió el juego, pero a la mañana siguiente lo comunicó a sus superiores, que le pidieron que se vendiera al italiano.

Comenzó así la operación Mari –Madolell/Rinaldi–, que acabaría en 1967, tres años después de haberse convertido Madolell en espía ruso y de haber acumulado valiosa información sobre los sistemas de infiltración y captación de los soviéticos. Una operación del Alto Estado Mayor –la más importante hasta el momento– acabó con traidores en la cárcel. Todos menos uno: Madolell, el topo. Se escondió durante años en Turín y, ya de regreso a su vida normal, se negó a desvelar –ni siquiera a su familia– los secretos de aquella operación Mari. Murió en octubre de 2011 con la Cruz de la Orden del Mérito Aeronáutico con distintivo blanco en su expediente. Pocos habían hecho tanto por la patria sin pedir nada a cambio.

Entierro en MoscúNo todo fueron fracasos para los servicios secretos soviéticos. El fichaje de Philby, Kim Philby, les reportó grandes éxitos. Integrante en 1930 del Quinteto de Cambridge –un grupo de estudiantes británicos contrarios a las ideas fascistas que imperaban por Europa– viajó hasta Viena donde formó parte de una red de protección de judíos y donde se enamoró de la joven Litzi, a quien luego dejaría por otra mujer, y otra, y otra… Se convirtió en pieza fundamental de la red soviético NKDV y se internó en los círculos del general Franco y del nazi Goebbels. Y todo mientras simulaba una perfecta disciplina en las oficinas de espionaje inglés MI6. Así fue hasta 1963 cuando, desenmascarado por el MI6, el FBI y la CIA, decidió huir a Beirut y de allí a la URSS, donde vivió hasta el fin de sus días. El 13 de mayo de 1988 fue enterrado con todos los honores en Moscú. Murió con las medallas del Mérito Militar –impuesta en España por Franco–, la de Caballero de la Orden del Imperio Británico y la de la Orden de Lenin. A dos de esos tres países los traicionó.

Sus historias se recogen en el libro Espías y traidores, que edita Esfera. Una labor de investigación y contextualización de Fernando Rueda que permite al lector entender por qué George Blake se convirtió en agente doble tras pasar por la Guerra de Corea, cómo acabó el ruso Penkovski acusado de traición y condenado a muerte, qué pasó para que el delincuente inglés Eddie Chapman acabara convirtiéndose en un servidor del régimen nazi y que da a conocer la vida de Margaretha Geertruida Zelle, ejecutada por espionaje en Vincennes, Francia, en 1917. “Fue tan mala espía que no se mereció morir como tal”, dice de ella el autor. Su nombre en clave era Mata Hari.

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