Esos otros habitantes del cuerpo humano

Aparece la actriz en pantalla, los niños gritan, hay atasco y el jefe que la espera en la oficina es un gruñón. El día que acaba de empezar le viene demasiado grande y ella está mustia y blanca. Y sin previo aviso, se acerca a la nevera, coge un yogur, lo abre y mientras relame la cuchara con gesto de placer, el color regresa a su cara, los niños no gritan sino juegan, el atasco dura menos y su jefe le da un ascenso.

No es ninguna sorpresa que el yogur no es quien obra el milagro sino un guionista y un programa informático. Pero saber que la televisión abusa siempre de su magia, no puede impedirnos ver qué se esconde debajo de todo el maquillaje.

Una bacteria es un tipo de microorganimo. En el universo de los seres vivos hay dos tipos de células, las células eucariotas como las nuestras y las de las levaduras que tienen el ADN en un compartimento membranoso denominado núcleo, y las procariotas que no lo poseen y tienen su ADN organizado en otro tipo de estructuras. Dentro de los procariotas están las archeas y  el grandioso mundo de las bacterias. Las archeas suelen estar especializadas en vivir en ambientes extremos como aguas termales o muy saladas, mientras que las bacterias dominan el resto de ambientes, incluidos nosotros mismos.

En nuestro organismo convivimos células humanas con células de microorganismos, sobre todo bacterias, que nos superan 10 veces en número. Se denominan microbioma o microbiota y en un individuo adulto pueden llegar a pesar dos kilos de la masa corporal. Están sobre la piel, en el tracto digestivo, en los genitales… Parte de su importancia radica en que compiten con los patógenos por los mismos nichos ecológicos. En otras palabras, nosotros somos su casa y cada uno tiene su huequecito. Y a estos bichitos no les gusta que nadie venga a destrozar su hogar.

Un ejemplo es el Lactobacillusacidophilus. Vive sobre la vagina y su actividad metabólica produce un ambiente ácido que impide de la levadura Cándida albicans sea capaz de adherirse bien a las células epiteliales y cause candidiasis.

Pero sin duda, la comunidad más importante de la microbiota es la flora intestinal, que vive sobre las paredes de nuestro intestino. Aparte de defendernos de agentes infecciosos, modulan el sistema inmunitario, participan en la absorción de determinados nutrientes como la vitamina K, y son capaces de fermentar lo que nosotros no somos capaces de digerir, mejorando el tránsito intestinal y la masa fecal.

Sin embargo la flora intestinal no es un fortín a prueba de bombas. Es un equilibrio en el que cualquier desbalance puede desembocar en una enfermedad. De hecho, cuando usamos antibióticos no solo estamos matando a la bacteria de la amigdalitis, sino que también afectamos a nuestro microbioma. Y cuanto más agresivo resulte el tratamiento, por ejemplo una quimioterapia, más se resiente y puede acabar en diarreas, estreñimientos, inflamación o úlceras. Pero no hace falta irse tan lejos, el estrés también es capaz de producir cambios en  la microbiota.

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Y es en este punto de la partida donde entran a jugar los probióticos y los prebióticos. Un probiótico es un suplemento alimenticio vivo, una bacteria de las llamadas beneficiosas, que cuando tú te lo tomas, esperas que se quede a vivir en tu intestino. Sin embargo, hasta llegar allí, la pobre bacteria tiene que pasar un sinfín de aventuras. Para empezar tiene que mantenerse viva en el producto y resistir el proceso de manufactura y todos los cambios de temperatura que ocurran (que le sientan bastante mal). Luego tendrá que aguantar la saliva y más tarde el pH ácido del estómago por no hablar de todo un catálogo de enzimas deseosas de deshacerla en mil pedazos en el camino. Y si después de tanta batalla consigue agarrarse a las paredes del intestino, habrá llegado a su tierra prometida y podrá empezar a ayudarnos a nosotros.

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Para poner las cosas más fáciles, hay una alternativa a los probióticos: los prebióticos. A diferencia de los primeros, no son microorganismos sino moléculas, apenas unas cuantas docenas de átomos unidos de una determinada manera. No están vivos, y por tanto una vez incluidos en el yogur, llegarán íntegros al intestinoporque no son asimilables ni degradados en el viaje. Como tienen una serie de enlaces raros, solo van a poder servir de comida a unos microorganismos, mientras que a otros no. La estrategia no consiste en meter un bichito nuevo, sino en favorecer el crecimiento de los microorganismos beneficiosos que tú ya tenías.

De modo que, la próxima vez que un yogur prometa cuidar tu flora intestinal, pregúntate si son bacterias aventureras o comida para bacterias.

Fuente:  http://alfahelice.com/2014/07/02/esos-otros-habitantes-del-cuerpo-humano/

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